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25
Jul
17

¿Se lavó las manos?

Seguramente por el título, pensaste que me refería a una persona que no se hizo cargo de un problema… pues no. No me refiero a ese caso. Es literal “El lavado de manos, un asunto de limpieza personal” (aunque pensándolo bien… es un problema del que nadie se hace cargo).

Cualquier trabajo que implique el trato con otras personas, exige un mínimo de cortesía, empezando por el saludo.

Por un tiempo me desempeñé como librera y debía atender a los clientes. Un simple buenos días, buenas tardes o buenas noches era suficiente para dar la bienvenida.

Luego tuve la oportunidad de laborar en un “Call Center”, obviamente en estas circunstancias no hay una interacción cara a cara con el usuario, aunque la amabilidad persiste, modulando tu tono de voz (así te manden al diablo).

Actualmente mi ocupación sobre todo por las mañanas, implica recibir visitantes. La reverencia de rigor implica un apretón de manos generalmente. Y es aquí que nace mi pregunta interna… ¿Se lavó las manos?

No sufro de ninguna clase de trastorno obsesivo compulsivo, pero mi madre me enseñó que las manos siempre deben estar limpias.

Voy a imaginar los recorridos de personas ficticias que llegan a tempranas horas hasta el medio de comunicación donde trabajo.

La rutina de cualquier individuo: Se levanta, toma una ducha, se viste, desayuna, se lava los dientes.

Hasta ese punto del día, digamos que prevalece la higiene. Pero… llega el momento de salir a la calle.

Una de las cosas más sucias de cualquier casa es el picaporte. Seamos realistas ¿alguna vez has pensado en pasar un trapo con alcohol en su superficie? Entonces el sujeto que hasta entonces estaba impecable, abre la puerta.

Gérmenes de toda clase empiezan a recorrer su piel. Pero aún son pocos.

Puede que tenga que bajar escalones. ¡El barandal! Otras puertas, más picaportes… cuántas personas. No quiero fantasear más.

Prosigamos con los trayectos disparatados.

Hay una entrevista a la que acudir y tienen distintas opciones de movilizarse, que dependen de diversos factores.

  1. Caminar
  2. Usar una bicicleta (propia o municipal)
  3. Manejar un vehículo (automóvil, moto)
  4. Tomar un taxi
  5. Utilizar el transporte público (Bus, metro, etc.)

Analicemos la opción uno. Las manos ya contaminadas pasean libremente, a un lado y a otro. De repente el individuo se detiene a comprar el diario. Saca unas monedas de su bolsillo y le paga al vendedor. Toma el periódico, lo revisa y lo guarda en alguna valija (o cosa parecida). Camina, camina, camina y de repente se topa con basura en la calle. Como es un tipo ecológico, decide levantar los desperdicios y busca un tacho para colocarlos. Súbitamente cae sobre el excremento de algún perro callejero o uno de raza que lamentablemente tiene un dueño inmundo. Arranca un pedazo del rotativo y cuidadosamente limpia su pantalón que ha quedado asqueroso. Mira su reloj y quedan unos pocos minutos para llegar a la entrevista programada. Se levanta. Empieza a correr. Llega agitado, toca el timbre del edificio, otra puerta, otra puerta más y ahí estoy yo, de pie, con la mano extendida para saludarle. ¿Se lavó las manos?

Vamos con la opción dos. Buscan su “velocípedo”. El volante. El mismo que usó ayer, y antes de ayer, y todos los días de la semana. Quién sabe cuándo fue la última vez que le hizo una higienización. Como buena persona, consciente del cambio climático este modo de transporte le sienta bien. Respeta los semáforos, pasos cebra. Pero los percances ocurren. Un hueco mínimo (pero lo suficientemente grande como para lograr que el aro se atasque) y el ciclista al suelo. Afortunadamente tiene buenos reflejos y alcanza a poner sus manos sobre el pavimento, para su desgracia estas se refunden en un charco putrefacto. ¡Culpa del Alcalde!. Se sacude, levanta al caballito de metal, revisa los daños, nada que lamentar. Continúa su periplo por la ciudad. Es un experto y no le teme a subir una larga e intensa cuesta para llegar a su destino, sin embargo no deja de ser humano y todo su cuerpo emana sudor. Al llegar, toca su campanita y el guardia le abre la puerta para que guarde su vehículo no motorizado. Acaricia su rostro para entrar más decentemente a la entrevista que le espera. Una puerta, y otra más y ahí estoy yo. Buenos días y extiendo la mano. ¿Se lavó las manos? (tal vez las humedeció con un poco de agua sucia y algo de sudor).

La tercera opción. Este tipo tiene plan B, unos días en motocicleta, otros en automóvil. Así evade graciosamente las horas pico. Tiene las llaves de la moto en el bolsillo pero recuerda que no la ha llevado a mantenimiento, así que busca las del coche. Pulcro, un 4×4 enorme (si fuera exagerada, que tal vez lo soy, diría que ocupa dos carriles de la vía). El día anterior su hijo había salido con unos amigos y en contraste con su exterior, el interior era un auténtico desastre. Funditas de comida rápida, vasos desechables, un poco de gaseosa en el volante y la palanca de cambios. El individuo es precavido, tiene un pañito rojo con el que limpia a veces eventualmente su parabrisas. Repasa con el trozo de tela los sitios pegajosos. Aún puede llegar a tiempo, pero prefiere darse prisa y sin más demora hace contacto, y empieza las maniobras para salir del parqueadero. Vive en los suburbios y por allí hasta cierto punto el tráfico no es problema. Al acercarse a la ciudad comienza la pesadilla. Apenas si avanza. No puede agilizar su recorrido. ¡Mejor salía en la Harley Davidson! (Qué pena mi amigo, saliste en tu pretensioso autito.) Aparecen los vendedores ambulantes por los semáforos ofreciendo al público deliciosas frutas de estación, artículos electrónicos, agua de coco, jugo de naranja recién exprimido, y otras variedades por el estilo. El invitado del día está acalorado, toma su celular y llama a la secretaria del periodista y le avisa que llegará unos 10 minutos más tarde de lo acordado pues le comenta que “hubo un accidente en la vía”. El accidente aún no ocurría. Asfixiado por el estrés y rompiendo la regla de “yo nunca compro nada en la calle” se decide por una bebida fresca. Toca la bocina, acelera, frena, acelera, luz roja, frenazo… Zumo cítrico sobre la corbata y la camisa. ¡Hijo de….! ¡por qué no va más rápido! ¡Cabrón! le grita a su vecino del Volkswagen escarabajo año 83. (Claro. La culpa es del anciano de 80 años que va tranquilo a comprar el pan.) El abogado experto en derecho internacional está impresentable. Mientras más se sacude, la cosa se pone peor. Luz verde. Acelera. Frena y estaciona en un sitio prohibido. La angustia se apodera del infeliz y mientras rebusca por todo el vehículo algo que pueda remediar en algo su problema escucha una sirena. Una motocicleta policial se detiene detrás del monstruo pulcro (el vehículo, no el abogado). -Señor, no puede estacionar aquí- dice el oficial. Arrogante como el sólo, el Doctor en Leyes, le dice que espere, que no tarda. -Señor, no puede estacionar aquí- repite el oficial. Pedante como él sólo, le dice que se vaya a la mierda. -Señor, he sido amable con usted. Está cometiendo una infracción, debo multarlo- sugiere el oficial. El hombre de recursos manosea algunos billetes y se los lanza con desprecio. Cuando mira detrás de uno de los asientos, se percata de que su único heredero había olvidado un Sweater bastante decente (la solución, pensó). Se quita la chaqueta, y la prenda le sienta bien. Ya no está tan lejos, llegará a tiempo. En la puerta de mi oficina se encuentra con dos conos de plástico que no le permiten aparcar su armatoste de lujo. Molesto, se detiene, sale del auto y los patea a un costado. Llama al guardia a gritos y le dice que notifique su llegada. Una puerta, dos puertas y ahí estoy yo. Saludo. Me mira de arriba abajo, me pregunta quién soy, le digo mi nombre, le extiendo mi mano, guarda silencio, hace una mueca y en cuanto aparece mi jefe quién le da la bienvenida, se acerca a él. Un apretón de manos, un apretón de viejos conocidos. ¿Será que ambos se lavaron las manos?

Opción cuatro. Aunque tiene dinero suficiente para comprar un auto, no lo ha hecho porque no sabe manejar. Antes de salir de su suite, pide un taxi ejecutivo desde su smartphone. El GPS localiza su domicilio ubicado en uno de los barrios más exclusivos de la capital y no está tan lejos de mi trabajo. La “App” le pide que ingrese su destino para calcular el valor del trayecto. No le preocupa. Acompaña a su ceñido vestido, un bolso “Louis Vuitton” que hace juego con sus tacones número 8. Es una mujer de mediana edad que ha llegado a ocupar cargos públicos si bien no es muy conocida en el ámbito. ¡Las carteras de las mujeres! diría mi jefe ¡Todo un misterio! Pues bien, el contenido de esta fina pieza de cuero, es variado, una tablet de 10 pulgadas, una libretita “Molesquine” a la que le quedan pocas hojas de notas, un cigarrillo electrónico con escencia de chocolate, una fina fragancia de aroma dulce (empalagoso diría yo), un labial carmesí, y un curioso estuche con todo tipo de maquillajes de los cuales no daré detalles. Un desinfectante de manos con olor a uva, pañuelos desechables, pastillitas de menta, una billetera del mismo Vuitton con una interesante variedad de tarjetas de crédito, 2 de débito, una chequera, sus documentos de identificación, y una medallita de la virgen de Coromoto. Una hermosa caja de madera cuidadosamente tallada con lápices, bolígrafos, plumillas. Bueno bueno y un sinfín de secretos que las mujeres sabemos guardar muy bien. La “Señorita” siempre puntual y a toda cita acude puntualmente, incluso media hora antes. Toma asiento en la elegante sala de espera en la planta baja de su domicilio. El taxi, ha llegado. El encargado del edificio le abre la puerta del vehículo, con mucha clase se acomoda en el asiento trasero. El chofer le saluda amablemente, le ofrece agua, el periódico del día y le pregunta si la ruta es la adecuada. Ella acepta las ofertas y concuerda con el camino a tomar. Abre la botella y bebe un sorbo, está relajada. La coloca en el portavasos y abre el diario, lo de siempre, toma su desinfectante y se limpia. Mira por la ventana, la circulación vehicular es normal. Y aún si hubiera un inconveniente, sabe que llegará puntual a la entrevista con el popular comunicador, a quién por cierto ansía conocer, pues lo había visto en televisión cuando era niña y le guarda cierta admiración. Refundida en sus pensamientos, no percibió que se habían detenido, ni escuchó la voz del chofer que le avisaba que habían llegado. No necesita efectivo, el cargo va directo a su “Visa Black”. El guardia le abre , le da la mano para que no tropiece en la vereda y ella con mucho glamour espera que también le abran la primera y la segunda. Y ahí estoy yo. Buenos días, le extiendo mi mano, pero ella prefiere un beso en la mejilla. Nunca me había visto, me saluda con un beso y me deja con la mano extendida. No me importa si se lavó las manos o no.

La quinta opción, muchos la padecen. Ella ya bordea los 60 años, es una maestra de escuela pública. No gana un sueldo demasiado elevado, pero le alcanza. Todavía le faltan un par de años para jubilarse. Fue militante de un importante partido de izquierda en su juventud, pero con el tiempo se acostumbró a su trabajo y le parecía mucho más productivo educar mentes jóvenes, que gritar consignas y cantar “…la entrañable transparencia, de tu querida presencia, comandante Ché Guevara.”. Sin embargo mucho de su estilo de vida guarda coherencia con la filosofía marxista. En colectivo, en autobús, en metro, en subte, una que otra vez en bicicleta pública, pero generalmente en bus, ya que conoce todas las rutas de todos los buses de la ciudad. Hace frío, es invierno. La parada queda a varias cuadras de su casa, pero ella va cómoda con unas botas de taco bajo, una falda algo pasada de moda, un abrigo descolorido por el paso de los años, pero que a fin de cuentas cumple su función. Llega el autobús que le acercará a la parada del metro que a su vez le dejará en la parada de otro autobus que finalmente le dejará exactamente a ocho cuadras de la radio. (¿Cuándo alguien limpia a fondo una unidad de transporte público?) Siempre huelen raro, los tubos y asientos siempre están como melosos, las ventanas cerradas se nublan por la respiración de los pasajeros. Gente que se ha bañado, gente que no. En su primer tramo de su largo viaje, encontró un asiento vacío, al fondo, al lado de la puerta de salida. En el metro no había tanta gente, pero estuvo de pie durante 30 minutos hasta hacer el trasbordo y tomar el último vehículo. En este punto deja de ser soportable, pero para ella no era nada nuevo. La unidad estaba repleta y en el primer intento no logró ingresar porque la puerta se cerro antes de que pudiera subir. Esperó el siguiente y esta vez logró subir, aunque apretujada contra un vidrio. Afortunadamente no llevaba cartera. En sus bolsillos un cuaderno, un bolígrafo y varias monedas. Olores, sudores, empujones. Permaneció cerca de la salida, para no tener que golpear brazos, pechos, estómagos, espaldas, piernas, pisar pies para poder escapar de esa pesadilla. Como camina mucho, la cuesta no le costó tanto y llegó unos pocos minutos antes de su diálogo. Tocó el timbre, saludó al portero, abrió cada una de las puertas, y no me dio tiempo de saludarla, ella me saludó con un cálido apretón de manos y un beso. Me pidió utilizar el tocador. Al salir estaba radiante, con una sonrisa y me preguntó si mi jefe ya estaba listo. La conduje hasta el estudio de grabación, le abrí la puerta y le pregunté si deseaba tomar un café. Me pidió un vaso de agua y me dio las gracias. ¡Yo se que se lavó las manos! (pero a la vez no, ella se hace cargo de todo lo que dice y hace por mi país).

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20
Ago
12

El chicle en el zapato

Sales apurado de tu casa u oficina con un destino no muy lejano. No hay necesidad de usar el auto, pues solo son un par de cuadras. Un paso, otro paso y de repente ocurre lo imprevisto… sientes que la suela de tu calzado ha resbalado ligeramente. No te detienes puesto que tienes prisa. Al rato te das cuenta de que tu paso ha cambiado, algo estorba. Te detienes. Levantas el pie. Giras la planta hacia ti y es entonces que con desagrado miras la goma de mascar adherida cuidadosamente en un sitio estratégico de la suela de tu zapato.

¿Qué hacer? El tiempo corre y debes llegar a tu cita cuanto antes. ¿Qué hacer?, te preguntas nuevamente. Entonces vas por la opción más común en estos casos. Rozar el calzado contra el filo de la vereda, hecho que empeora las cosas puesto que el chicle se ha estirado y ahora cubre buena parte de la suela.

La desesperación se va apoderando de todo tu ser, empiezas a sudar frío, pero solo tienes dos opciones: Retirar el objeto pegajoso de tu zapato, o bien, seguir caminando algo fastidiado. Optas por hacer un nuevo intento de quitar el chicle. Esta vez se te ha ocurrido algo genial, buscar un papel (seria imperdonable tocar con tus propias manos algo que proviene de la boca de alguien y que contiene seguramente vestigios de saliva extraña) y retirar minuciosamente el objeto.

El intento fracasa, el papel se rompe y algunos fragmentos han quedado adheridos al zapato.

El tiempo corre, y se te hace tarde. ¡Quitar o no quitar el chicle del zapato! he ahí el dilema. Llegar tarde no es una opción, así que con toda la incomodidad que esto conlleva, decides seguir tu trayecto sintiendo que cada pequeña cosa que aparece en el camino, quedará pegada (indirectamente) a ti.

Llegas a tu destino, y te das cuenta de que el chicle ya no está. Aliviado, respiras, tu corazón vuelve a su sitio. Al desocuparte de tu compromiso, nuevamente sientes que al pisar tu pie ha resbalado… La historia vuelve a comenzar.




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